
El otro día, un amigo me envió una correspondencia electrónica con “Rednecks (gringos nacos)”. Fue una série de fotos que supuestamente representa su forma de vivir.
Una, con “cumpleaños de gringo naco” en el pie de la foto, muestra unas velas creciendo de unos botes de cerveza. Otra foto enseñaba una casa deteriorada marcada de madera con un letrero sobre el porche que decía, “Mi esposa Elyse me engaña con otro”.
”Pensé que te haría reír un poco”, escribió.
No lo encontré gracioso. Le encontré un poco triste a dos niveles: Es triste cómo la gente en áreas rurales vive en la miseria y es triste ver cómo la gente se burla de la pobreza.
Lo tomé como racismo aunque sé que escucharé de alguien que, debido al “paradigma del poder” en América que coloca a los anglosajones sobre los demás, los grupos de minorías no pueden ser racistas.
Esa lógica les deja de examinar sus propios prejuicios.
Todos tenemos algún elemento de racismo en nuestro interior y será pasado a nuestras generaciones sucesivas al menos que lo purgamos.
Trato de hacerlo por mi cuenta y eso me llevó a un taller de “desprender el racismo” en el Centro Judío Comunitario en Boulder durante las noches del Jueves.
El taller, encabezado por Lee Mun Wah, un entrenador de diversidad reconocido internacionalmente, atrajo a 150 personas.
Vimos “Last Chance for Eden (La Ultima Oportunidad para Edén)”, un documental que sigue a nueve personas de diferentes orígenes étnicos mientras participan en un retiro de diversidad.
En la película, dos hombres anglosajones hablan de sus presentimientos de ser atacados. Una mujer asiática dijo que la gente supone que es heterosexual pero en cuanto sepan que no lo es dice, “¡qué desperdicia!”
Un hombre afro-americano dijo que la gente ha hecho comentarios despectivos sobre los negros delante de él y luego dicen, “no me refiero a ti”.
Al final de la película, Lee nos pidió que nos juntáramos con un extraño para hablar sobre lo que aprendimos. La mujer anglosajona con quien me senté habló de sentirse frustrada por el racismo que aún existe.
Entendió que no se iba a ir por su cuenta; se requiere trabajo y facilitadores entrenados quienes prevendrán el quebramiento de la comunicación.
No hubo una quiebra en este foro, donde Lee mantenía la discusión bastante productiva. Escogió personas al azar para que hablasen de sus experiencias.
Dio el micrófono a Bill de la Cruz, el expresidente de la junta escolar del Boulder Valley, quien finalmente habló públicamente de sus sentimientos que ha retenido dentro de sí durante tantos años.
”Intenté traer a la luz los problemas de los prejuicios durante los seis años que permanecí en la junta y no me dieron respaldo”, dijo. “Los anglosajones no me apoyaban. Me preguntaban, ¿por qué inventas cosas?’ Es más, la gente de color me llamaban vendido’ y me decían que me comportaba demasiadamente gringo”.
De la Cruz dijo que hubo algunos apoyadores, pero a la mera hora de hablar, todos desaparecieron.
”Me sentía sólo”.
El cuarto se quedó en silencio.
Después del taller, la gente en la audiencia se disculpó. No se dieron cuenta que fueron cómplices en mantener el status quo.
De la Cruz dijo que continuará a dar empujones a la junta para que incluyan talleres para ayudar a los niños trabajar sin descanso sobre los problemas con los prejuicios y la discriminación.
”Nos enfocamos demasiado en los académicos y no nos damos cuenta que los niños necesitan destrezas sociales. Necesitan saber cómo tener conversaciones sobre temas delicadas sin pelearse. Es una destreza que necesitan para poder comunicarse y escuchar.
La mayoría de nosotros también necesitamos esas destrezas.
La columna de Cindy Rodríguez aparece cada Martes en La Escena y los Domingos en El Estilo. Comuníquense con ella al número 303-820-1211 ó al crodriguez@denverpost.com.



