Ciudad Juárez, México –
En una iglesia minúscula y desvencijada con la arena del desierto como suelo, hombres sin hogares, drogadictos y alcohólicos recuperándose, inclinaron sus cabezas y rezaron por Elvia Sianes, cuya triste vida ellos mismos no podían comprender.
Estos hombres destrozados no estaban acostumbrados a querer algo para alguien que no fuese para ellos mismos.
Sin embargo, Sianes, quien vivía con su marido durante los pasados cuatro años, tres hijos, y un hermano severamente incapacitado en un autobús descompuesto a las afueras de la segunda ciudad fronteriza más grande de México, les dejó sintiéndose humildes y arrepentidos por lo poco que han hecho de sus propias vidas.
”Antes de venirme, no creía en nada ni en nadie, ni tan siquiera en mí mismo,” dijo Jeffrey Bleigh, 40 años, de Denver, quien se quitó su gorra de béisbol y se la dio al hermano de Sianes. “Esta experiencia me ha hecho llorar. Me ha hecho darme cuenta de lo egoísta que he sido en mi vida.”
”Quisiera poder ayudar a todo el mundo que está aquí.”
Bleigh era uno entre los 40 hombres del programa de rehabilitación de la Misión de Rescate de Denver (Denver Rescue Mission) diseñado para enseñar las habilidades necesarias para la vida cotidiana y lecciones sobre la vida. La mitad son cristianos; los demás simplemente están intentando hacer algo de sí mismos.
Su misión en México era doble: ayudar a los menos afortunados mientras reconocían las oportunidades que desaprovecharon.
”Algunos de estos hombres no tenían hogares, fueron recogidos directamente de la calle, muchos de ellos piensan que no tienen nada que agradecer, que el mundo está en contra de ellos,” dijo Steve Walkup, vicepresidente del programa. “Cuando vienen aquí y ven que hay personas que realmente no tienen nada, realmente les hace comprender mejor.”
Llevando puesto un camisón blanco de algodón con una impresión de flores descoloridas – la única cosa que se asemeja a un vestido – Sianes estaba muy agradecida por cualquier rezo que podía obtener.
”Su ayuda es muy necesaria aquí,” dijo Sienes.
En el horizonte, una vasta urbanización de chabolas incoloras de tres pisos estaba siendo construida con morteros y bloques de ceniza por trabajadores de fábrica que sobrevivían con $50 semanales. Esos son lugares virtuales comparados con otros hogares en el área construidos de cajas de madera y cualquier otra cosa que pueda ser engarzada.
”Viendo a esta gente me hace ser agradecido de haber nacido en los Estados Unidos,” dijo Ronnie Vance, 35 años, de Redding, California, quien pasó la mitad de su vida en prisión por cargos relacionados a robos antes de unirse a la Misión de Rescate hacía cuatro meses. “Aquí sigue existiendo Dios, incluso en lugares donde tienes que vaciar el retrete con cubos de agua.”
Criando un deseo de cambio
La canción “Surfin’ U.S.A.” de los Beach Boys estaba sonando con gran estruendo en la radio mientras las furgonetas iban pasando por complejos de apartamentos y casas modestas cerca del centro de Juárez a los tugurios en las afueras de la ciudad.
Cruzando la frontera en una línea de furgonetas blancas, el grupo de la Misión de Rescate condujo pasado varios pordioseros y vendedores callejeros vendiendo mercancías que incluían chicles y cuadros de las estrellas de telenovelas mexicanas.
”La diferencia más grande que ves aquí es el tener y el no tener,” dijo Alex Williams, 24 años, de Denver, un drogadicto en recuperación. “Pero ves fortaleza en esta gente. De alguna forma, siguen encontrando una vía por el cual pueden sonreír.”
El programa de rehabilitación de la Misión de Rescate dura siete meses hasta dos años en emplazamientos en Denver y en el condador rural de Larimer. Cada sito tiene sus centros educativos, ofreciendo cursos de escuelas secundarias, universitarios, vocacionales, y habilidades necesarias para la vida cotidiana.
Cada hombre en este viaje fue escogido en parte porque ha demostrado la posibilidad de cambio.
Los organizadores dicen que el éxito del programa de rehabilitación de la Misión de Rescate está entre el 25 y el 30 por ciento, mucho más alto que cualquier otro programa, y han visto el éxito en hombres que volvieron del viaje a México en el pasado.
”Es una experiencia de vínculos para ellos. Aprenden sobre personas que no lo tienen tan fácil como lo tienen ellos y cómo viven diariamente con ello,” dijo Mark Miller, director del Programa Nueva Vida (New Life Program). “Aprenden que el mundo es más grande que ellos.”
La mayoría de los hombres en el viaje están luchando contra una u otra forma de adicción.
Algunos tienen una educación universitaria y fueron criados en hogares estables. Algunos abandonaron los estudios secundarios y crecieron en la pobreza.
Algunos de ellos trajeron experiencia en fontanería o trabajos eléctricos. Algunos trajeron el talento de la carpintería. Algunos simplemente trajeron sus fuertes espaldas.
Ninguno vino con el talento del entretenimiento como lo hizo Mike Kripakov, 36 años, de Littleton. Sin embargo, Kripakov se sintió desesperado pese a tener una maestría en música de la Universidad de California-Santa Cruz y el buen aspecto físico de un surfista.
”Necesitaba un trabajo bueno y duro y un entorno que me enseñaba valorar las cosas simples de la vida y los otros seres humanos,” dijo Kripakov, un esquizofrénico paranoico que empezó a abusar metanfetamina hace dos años. “Sé que aún me queda lo suyo para permanecer limpio (sin drogas), pero ver la felicidad que hay en este sitio y en la gente, me he enamorado de México y he empezado a gustarme a mí mismo en el proceso.”
Un sitio duro para llamarlo hogar
México puede ser duro para un alcohólico en recuperación.
En un viaje por el mercado, un par de hombres en el grupo hicieron todo lo posible para evitar a los camareros insistiendo que los transeúntes fueran a tomarse una Corona.
Como Tijuana, Juárez ha sido un puerto mayor de entrada de los Estados Unidos y era un centro de entretenimiento bestial durante la era de la prohibición de los EE.UU.
Durante las décadas recientes, Juárez se ha convertido en un sitio célebre por su tráfico de narcóticos y por los asesinatos de varios centenares de mujeres jóvenes aún no resueltos.
La mayoría de los tugurios en expansión alcanzan las afueras de la ciudad, estando lejos de los servicios básicos como el gas y el desagüe.
”No estamos acostumbrados a este tipo de pobreza,” dijo Leo Samaniego, un pastor de habla moderado de El Paso que ayuda a coordinar los proyectos de la Misión de Rescate. “Pero la gente aquí, muchos de ellos no conocen otro estilo de vida a menos que lo hayan visto en la televisión.”
Mientras se formaban grandes demostraciones sobre la reforma de los inmigrantes al otro lado de la frontera, los hombres de la Misión de Rescate jugaban con los huérfanos jóvenes de la Casa de la Nueva Vida.
Un niño de 5 años trepaba sobre Michael Morgan como una jungla de escalada mientras los hombres trabajaban. Morgan, 30 años, de Aurora, luchaba contra una adicción a la cocaína durante años antes de venir a la Misión de Rescate hacía nueve meses.
No ha visto a sus hijos hace más de dos años.
”Este sitio me es totalmente surreal,” dijo Morgan. “Me gustaría que cada americano viniera aquí para hacer algo similar a lo que nosotros estamos haciendo.”
Construyendo un pilar para el pueblo
En las afueras al este de Juárez, el nombre de la pequeña iglesia – Centro de Estudio Bíblico Jehová Yireh – estaba garabateado en un pedazo de cartón que colgaba de un poste en el frente.
En una nube de polvo, los hombres de la Misión de Rescate sacaban carretillas de arena para abrirle paso a un suelo de hormigón y excavaron una trinchera para poner una tubería yendo desde el retrete fuera de la casa hasta un agujero en el suelo.
Bajo el ardiente sol, Rafael Solís, el cura de la iglesia, y su mujer ayudaron a palear las rocas. Luego hicieron una celebración para agradecer a los hombres por su contribución e introducirles a su parroquia.
”Para ellos, están ayudando construir una iglesia, pero es mucho más que eso,” dijo el feligrés Sergio Gonzáles, 40 años, un trabajador en la factoría que hace fundas para los sillitas de coches para bebés. “La gente de aquí no tiene dónde vivir ni comer. La iglesia está aquí para nosotros de muchas otras formas.”
Se pueden comunicar con el escritor Manny Gonzáles al número 303-820-1537 ó mgonzales@denverpost.com.






