
Yo no soy una de esas patriotas-en-tu-cara, el tipo que pone la pegatina “Orgullosa de ser Americana” en sus coches.
El hecho es que no siempre estoy orgullosa. No me enorgullezco de la decisión de nuestro presidente de invades Irak. No me enorgullece los altos directivos americanos que llevan sus fábricas al extranjero, afirmando que necesitan despedir a los trabajadores americanos para explotar a los trabajadores del Tercer Mundo para “permanecer competitivos.”
Incluso en la escuela de educación primaria, cuando recitábamos el Juramento de Lealtad en clase, yo solía parar antes del final: “ con libertad y justicia para todos.” Movía mis labios pero no podían vocalizar esas palabras, no en una clase de Harlem. (Después de haber visto la película “Raíces” (“Roots”) de pequeña, sabía que esas palabras en el Juramento, escritas en 1892, eran huecas.)
Amo a mi país, pero no es un amor incondicional.
Aún así, se me hace un nudo en la garganta cada vez que oigo “The Star Spangled Banner.”
Sea escuchando a los Boston Pops tocándola en vivo el cuatro de julio en la esplanada con vistas al Río Charles desde arriba, como lo hice durante los seis años que vivía en Boston, o escuchando una grabación de Whitney Houston cantándola, me inunda una tremenda emoción.
Se me empaña la mirada, casi justo en el momento que los crescendos de la lírica son cantados: “y la mirada firme y roja de nuestros cohetes, las bombas explotando en el aire dieron fe, a lo largo de la noche, que nuestra bandera seguía estando ahí.”
Los címbalos chocando ruidosamente, las tubas rugiendo, las trompetas brotando violentamente para dar vida a la historia de David-y-Goliath sobre los antiguos colonizadores ingleses defendiendo su independencia mientras los marines británicos bombardeaban el Puerto de Baltimore con la esperanza de capturar el Fuerte McHenry durante la Guerra de 1812.
Es una canción estimulante que nos llena de orgullo, aunque una encuesta reciente mostró que dos-tercios de los americanos no se saben la letra de la canción que se convirtió en nuestro himno nacional.
Estoy tan conmovida cuando escucho “Alcen Cada Voz y Canten,” (“Lift Every Voice and Sing”) conocida también como el himno nacional afro-americano. Aquellos que no conocen esta canción pueden protestar contra la idea de un himno separado o distinto para los afro-americanos, pero fue escrita en el 1900, cuando la libertad política y económica fueron promesas vacías escritas en las enmiendas 14 y 15.
Cuatro años antes de que el himno fuera escrito, la Corte Suprema de los EE.UU. institucionalizó la segregación en su fallo Plessy vs. Ferguson.
Esa canción también habla de la esperanza del reinado de la libertad: “Dios de nuestros años cansados, Dios de nuestras lágrimas silenciosas guíanos hacia la luz, mantennos de por vida en el buen camino, te rezamos.”
Y ahora un himno que supuestamente le habla a los latinos, cantado en español y basado en el original, está siendo etiquetado por algunos misántropos como el “Himno del Extranjero Ilegal.”
Irónicamente, la casa productora del disco es británica. Y lo que mucha gente no sabe es que la mayoría de los cantantes que grabaron “Nuestro Himno” son puertorriqueños – latinos de un estado cuyos residentes han sido ciudadanos americanos desde 1917, tienen un alto porcentaje de participación en las fuerzas armadas, y aún así no pueden votar en las elecciones presidenciales.
Como artistas, no pensarían en limitar la expresión (de sentimientos) aunque se relacione con el himno nacional.
Las canciones no son una forma de arte que pueden ser sellados en un cristal antibalas, como si fuera la Giaconda expuesta en el Musée du Louvre.
La música, tanto como un medio de comunicación como un método para provocar una emoción, no debería de tener restricciones. Por eso hay versiones del himno en alemán, yidish, chino, francés, samoano, y los idiomas de los amerindios O’odham y Navajo – personas indígenas que han estado ocupándose de la inmigración desde 1620.
En una sociedad creativa, deberíamos de continuar aceptando más traducciones e interpretaciones. El poder del original no se puede diluir, sólo ofrecer una perspectiva diferente. Y ese ideal es excepcionalmente americano.
La columna de Cindy Rodríguez aparece los martes en Scene y los domingos en Style. Se puede poner en contacto con ella al 303-820-1211 ó crodriguez@denverpost.com.



