Un tiroteo en marzo se cobró las vidas de dos hombres jóvenes y rompió la paz de un vecindario al oeste de Denver.
Ayer sábado, más de 150 voluntarios de todo el área metropolitana se unieron con herramientas y determinación e intentaron crear una comunidad más fuerte.
Ajardinando, pintando, y remodelando, los voluntarios restauraron 10 casas a lo largo de la cuadra 200 de la Calle Stuart, hogares modestos en la sombra de un tiroteo aún sin ser resuelto producido el 19 de marzo que mató a Ronnie Hernández y Eulices Vargas, 24 años, e hirió a otras tres personas.
El sábado habría sido el decimonoveno cumpleaños de Hernández.
“No quiero que tengan miedo,” dijo Priscilla Arzate, la madre de Hernández. “Quiero que sepan que éste es un vecindario agradable.”
Aún luchando con la muerte de su hijo, Arzate aceptó un desafío del pastor Mark López de la iglesia cercana Westside Christian Fellowship. Ella anduvo de puerta en puerta con el pastor, preguntando a los vecinos si podían utilizar un poco de ayuda con el paisaje o reparaciones caseras.
”Soy Priscilla Arzate,” diría en cada puerta. “Ha habido una tragedia en esta calle. Fue mi hijo.”
Algunas puertas fueron cerradas inmediatamente. Algunos vecinos dijeron no querer verse envueltos.
López compara la calle a un pueblo fronterizo, donde los residentes de hace años están adaptándose a los hispano-parlantes recién llegados.
Arzate y López continuaron intentando.
“Cuando se tiene un tiroteo y dos hombres muertos, uno tiene la sensación de impotencia y desesperación,” dijo López. “Engendra temor y sospecha. No sabe en quién confiar.”
De pie entre un grupo de voluntarios en un parche de sombra durante el calor abrumador del sábado, López explicó: “Queremos utilizar una tragedia como ésta para unir a las personas.”
López corrió la voz a otras iglesias. Juntas, solicitaron donaciones, obtuvieron pequeñas subvenciones de las fundaciones de First Bank y Xcel Energy, y alcanzaron casi $7,000.
Los voluntarios plantaron jardines enteros, instalaron un sistema de rociador, pintaron porches y un cobertizo, reemplazaron una sección de un tejado, repararon ceros – y finalmente se relajaron con hamburguesas y perritos calientes a la parrilla.
Algunos voluntarios admitieron que la idea de hacer trabajos voluntarios en un día libre y con tal calor era difícil.
Deb Heller, de Highlands Ranch, intentó olvidarse de sus tres operaciones de hombros al quedarse con el trabajo de pintar un porche. Una clase de estudio de la Biblia enfocado en la “servidumbre” le picó la curiosidad.
“Creo que se podría cambiar el mundo, pero no hay el número suficiente de personas ahí afuera que quieran hacerlo,” dijo Heller.
Para otros, el ser voluntario significaba encarar la violencia cerca de casa.
En agosto, un tiroteo hirió gravemente a dos niñas jóvenes justo a la vuelta del barrio. López tuvo entonces la idea de llevar a los voluntarios a ese mismo bloque para parchear las propiedades y las heridas. El sábado fue la segunda vez que patrocinó un evento como ese.
La familia del hombre en prisión por el tiroteo de las niñas, Andreas Rubio Jr., vino el sábado. Reemplazaron husillos rotos en una baranda de un porche y pintaron.
“Es para ayudarnos a afrontar nuestros sentimientos y así la gente puede ver que somos buena gente,” dijo la madre de Rubio, Cyndi Rubio. “Queremos ayudar a la comunidad, convertirlo en un ambiente seguro y feliz.”
Tal apoyo hizo llorar a Pauline Brito Gómez, la hermana de Arzate.
“Una decisión rápida cambió la vida de todos,” dijo Brito Gómez. “Quizás (hoy) les ayude a los jóvenes a abrir sus ojos.”
Se puede comunicar con el periodista, Chuck Plunkett, al 303-820-1333 ó al cplunkett@denverpost.com.






