
El jersey se colgaba ancho y fresco en el armario de madera, como si fuese mostrado en un museo.
Colgado sobre las botellas de champú y loción no abiertos -encima del regalo con un moño de oro y dos zapatos deportivos blancos con las iniciales “A.I.” grabadas en las asas- la parte posterior del jersey brillaba blanco, el color de un incisivo tras una visita con el dentista.
Todo es blanco, salvo al nombre y número tejidos en el jersey con tela color azul talco con ribetes dorados.
“Iverson 3”.
Luego, el amigo de Allen Iverson vio al jersey colgado en la esquina del cuarto la noche del viernes, dio una pausa y unos pasos atrás, estudiándolo como si fuera una pintura nueva de un nuevo Bentley.
“Ahhh”, dijo el hombre, volteándose hacía Iverson. “Esto se mira bien”.
Con una sonrisa ancha, el jugador all-star de 6 pies de altura con 31 años, fue a investigarlo.
“Si, parece así”, dijo Iverson, colocando su bolsa café de Louis Vuitton en el suelo. “Eso está bien”.
Fue mas de una hora antes del comienzo del partido en el Pepsi Center y el vestuario quizás fue la parte mas silencioso del edificio. En un pasillo cercano, las porristas vestidas en trajes de San Nicolás ensayaban para su presentación durante la mitad del tiempo; los perros calientes chisporretearon sobre los rodillos para concinar en la explanada del primer piso; y casi dos docenas de reporteros, fotógrafos y operadores de cámaras estaban parados afuera, esperando hablar con el nuevo Nugget.
“¿Cómo se siente estando aquí en Denver?”
“¿Estas contento?”
“¿Cuales son las posibilidades para el equipo ya que estas aquí?
DerMarr Johnson y Eduardo Nájera, los únicos dos jugadores de los Nuggets en el vestuario, chocaron las manos con su nuevo compañero y se sentaron en sus armarios. Iverson le dio las gracias a Johnson, el jugador número 2 anterior, por haber renunciado su número.
Iverson se quitó su abrigo negro y volvió al vestuario para un exámen físico, el cual finalizará su intercambio de los 76ers de Filadelfia.
Nájera esperó hasta que Iverson se fue del cuarto.
“Oye”, susurró el delantero sin camisa humorísticamente a Johnson, ahora el número 8. “Mas vale que consigues dinero por esto”.
Los dos se rieron.
Guardando el boleto para siempre
Ira Klitzner se paró en el lado de la cancha, escaneó el estadio y gritó como una niña.
“¡Ay, dios mio! ¡Es Allen Iverson! ¡Es él! ¡Es él!”
El gerente de carteras de 52 años sacó su cámara telefónico y tomó algunas fotos.
“¡Es Allen Iverson! ¡No lo puedo creer!”
Mark Carleton, quien estaba sentado a lado de la cancha, se inclinó hacía Iverson desde su asiento: “Aquí hay aire para respirar”.
“Espero que sí”, dijo Iverson, dando una sonrisa.
Mientras que la secuela de una ventisca que pegó a Colorado aún persistía afuera -prohibiendo la entrada para miles de personas, atrasando la llegada de Iverson al estadio e impidiendo la llegada de mercancia de Iverson al estado- hizo poco para aguar el humor.
Los sonidos de la multitud fueron ensordecedores, desde la primera vez que Iverson salió del túnel para las ceremonias antes del partido; hasta la primera vez que se metió en la cancha con 8:52 restantes en el primer periodo en contra de los Reyes de Sacramento; y hasta después que los segundos finales marcaron el reloj y los Reyes habían ganado.
Ellos aplaudieron cuando él chocaba las manos con las hinchas rodeando la cancha. Aplaudieron cuando él se paró para el himno nacional, cuando hizo su primer basquet y cuando rindió ocho puntos consecutivos para llevar a los Nuggets a un regreso furioso durante el tercer periodo como parte de la noche de Iverson con 22 puntos.
Una reunión por la noche
Después del partido, Iverson caminó desde la cancha hasta el túnel, donde se reunió con Allen II Deuce Iverson, de 9 años.
Bien jugado, papá , dijo Deuce, abrazándo la cintura de su padre.
Iverson colocó su mano arriba de la cabeza de su hijo y caminaron hacia el vestuario mientras que las hinchas gritaban su nombre.
Habló a los medios acerca de la emoción sobre su llegada a Denver: “Nunca he tenido los nervios de esa manera”, él dijo.
Y cuando regresó a su vestuario: “Hombre, anduve corriendo como una gallina sin cabeza”.
Y habló con su hijo: “¿Te gusta este jersey? A mi también. Creo que te voy a conseguir uno”.
Mientras que el vestuario se aclaraba, Iverson se quitó el jersey blanco y lo sacudió delante de su armario como una alfombra. Se duchó y se vistió y luego habló con varios funcionarios de los Nuggets.
“Entrenamos a las 10, ¿verdad? ” dijo Iverson. “Muy bien”.
Se fue por el pasillo una vez mas, con su hijo cargando el regalo todavia envuelto. Un amigo, agente, y unos guardias de seguridad caminaron a su lado. Las hinchas lo rodearon con cámaras y bolígrafos en sus manos. Iverson firmó autógrafos para todos; luego, se reunió con su esposa, Tawanna, sus otros tres hijos y el resto de su familia.
Sostuvo su hija infante, Messiah, le dio un beso en la mejilla y ajustó una gorra invernal en su cabeza.
Luego, con una pandilla de seguridad, se dirigieron hacia una limusina todoterreno blanco. El grupo se amontonó adentro.
Pero no Iverson.
Caminó en el frío al estacionamiento oscuro para los jugadores.
Se le acercó un Range Rover negro. Iverson se detuvo, su aliento visible contra las luces del estacionamiento. Se rodó una ventana ahumada y un rostro salió por detrás de una sudadera con capucha.
“Oye, hombre”, dijo Iverson, estirando la mano a Carmelo Antonio, quien actualmente está sirviendo una expulsión de 15 partidos por la pelea en Nueva York el fin de semana pasado.
Los dos charlaron por un momento y luego Anthony abrió su puerta.
“Súbete”, dijo Anthony a su nuevo compañero.
Cerró la puerta y subió el vidrio.
Y el par se fue dentro de la noche.
Se puede comunicar con el escritor Robert Sánchez llamando al número 303-954-1282 ó enviando un mensaje al rsanchez@denverpost.com



