
María ha estado trabajando ilegalmente en los Estados Unidos 21 años.
”Nunca me he escondido de nadie,” la mujer de 41 años y de habla-hispana me dijo a través del intérprete.
”He utilizado mi propio nombre durante todo el tiempo que he estado trabajando,” dijo ella el viernes. “Pago mis impuestos. Y nunca agarré asistencia médica del gobierno. Vine para trabajar, no para tomar.”
María trabaja en un edificio de oficinas en Denver, típicamente entre las 14:00 y las 22:00 horas.
”Recojo basura,” me cuenta. “Paso la aspiradora. Limpio oficinas. Limpio los servicios. Soy un conserje. Este es mi trabajo, y estoy muy contenta con ello.”
Es un miembro pagante del Sindicato de Servicios para Empleados Internacionales del Local 105.
Funcionarios de la unión, quienes aceptaron mi petición de entrevistarme con un trabajador indocumentado, dijeron que no sabían exactamente cuántos estaban en esa categoría. Como muchas otras compañías donde se organizan, los representantes del sindicato no preguntan a los trabajadores sobre su situación de inmigración.
Pero el sindicato está empujando para tener reformas nacionales de inmigración que podrían legalizar a más o menos 12 millones de inmigrantes muchos de ellos vinieron para encontrar trabajo y no tuvieron muchos problemas en encontrarlo gracias a la hospitalidad de los negocios americanos.
María, como muchos otros, ha sido arrastrada por la marea económica, haciendo lo que sea para mejorar su vida.
Esto es lo que me dijo:
Nació en México y fue forzada a dejar la escuela a una edad muy temprana, en parte porque sus padres eran pobres y en parte porque los maestros la pegaban. A los 10 años empezó a trabajar con sus padres, recogiendo maíz, frijoles, y pimientos en el centro de México.
”Trabajaban en el campo día y noche,” dijo. “Yo también.”
Sus padres frecuentemente utilizaban pesticidas y fertilizantes sin guantes o mascarillas. María sospecha que esa fue la razón por el cual sus padres murieron cuando ella tenía 16 años.
María se casó el mismo año que murieron sus padres. Pronto tuvo una hija que pronto se enfermaría siendo un bebé.
”No podíamos comprarle ni una inyección intravenosa,” dijo María. “Teníamos nada.”
Así que, en 1985, el marido de María cruzó la frontera ilegalmente para trabajar en California y pronto volvió (a México) por su familia.
María también cruzó la frontera ilegalmente, primordialmente buscando asistencia médica para su hija, a quien también trajo.
Trabajó duro en una factoría de ropa en California y trabajó en varios otros sitios. Algunas veces veía a los agentes de inmigración demandar identificación de los latinos en las paradas de autobús. Me dijo que ella encontró una manera de comportarse en estas situaciones, una forma de demostrar miedo para que los agentes no la pararan.
La hija de María mejoró. Con el tiempo, María dió a luz a su segunda hija que es ciudadana americana porque, esta vez, la matriz de María estaba al norte de la frontera cuando nació su hija vino al mundo.
Con poca educación formal, María ha intentado aprender Inglés. Puede leer un poco y lo puede hablar suficientemente bien como para ir al supermercado pero dice que está avergonzada de hablarlo con fluidez.
Pese a todos sus años en América, nunca ha pedido la ciudadanía.
”Mi primer objetivo siempre fue trabajar y proveer a mi familia,” dijo. “Nunca supe de esas cosas.”
En el año 2000, el marido de María volvió a México para visitar a sus padres. “Nunca le volví a ver,” dijo ella. Murió en un accidente automovilístico. María no pudo asistir al funeral, temiendo que no volvería a poder cruzar de nuevo a los Estados Unidos.
”Cuando murió mi esposo, yo no tenía suficiente dinero ni para comprarle una hamburguesa a mis hijas,” dijo. “Pero hoy me siento muy orgullosa porque siempre he dependido de mi trabajo.”
Un poco después de la muerte de su marido, María se mudó a Denver, buscando un entorno más saludable y entero para criar a sus hijas. “Los Ángeles está bien,” explicó, “pero allí hay muchos problemas juveniles.”
Su hija mayor tiene ya 23 años y aún no es ciudadana. Su hija más pequeña tiene 17 años, siempre siendo una ciudadana de los Estados Unidos, y está a punto de graduarse del colegio secundario.
”Esta es la razón por el cual hay dos banderas en mi casa,” dijo María. “Tengo una hija de México y otra de los Estados Unidos. ¿Cómo puedo decir cosas malas de este país? Tengo una hija de este país.”
María se ha manifestado entre los millares en las recientes concentraciones y vigilias. Hasta esta emanación pública, María no estaba segura si ser ciudadana era posible.
Lo que ella realmente lamenta de su condición de indocumentada no es de índole económica ni tan siquiera político. Es el echo que ha significado su separación de sus hermanos/as, sobrinos y sobrinas en México -durante todos estos años- mientras ha intentado mejorar su vida.
”Lo que estamos esperando es una vía de legalización,” dijo. “Pero, pase lo que pase, vamos a seguir viviendo en este país porque nosotros también lo amamos.”
La columna de Al Lewis aparece los domingos, martes, y viernes. Comuníquese con él al denverpostbloghouse.com/lewis, 303-820-1967 ó alewis@denverpost.com



