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Firefighters snap to attention as the procession for Denver fire Lt. Richard Montoya pulls past the Basilica of the Immaculate Conception on Thursday. Denver Archbishop Charles Chaput presided over the Mass, saying that "we are very proud" of the 61-year-old firefighter who died helping to rescue a 16-year-old girl from a house fire May 14. "When he did anything, he did it with 100 percent effort or he didn't do it at all," said his son, Eric Carrasco, also a firefighter.
Firefighters snap to attention as the procession for Denver fire Lt. Richard Montoya pulls past the Basilica of the Immaculate Conception on Thursday. Denver Archbishop Charles Chaput presided over the Mass, saying that “we are very proud” of the 61-year-old firefighter who died helping to rescue a 16-year-old girl from a house fire May 14. “When he did anything, he did it with 100 percent effort or he didn’t do it at all,” said his son, Eric Carrasco, also a firefighter.
Denver Post reporter Chris Osher June ...John Ingold of The Denver PostAuthor
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La muralla de bomberos se extendió a lo largo de una cuadra.

Habían 1.000 de ellos este jueves por la mañana en la avenida Colfax, parados rectos como flechas, 10 filas de bomberos. Tenían puestos sus uniformes azules y una cinta negra a través de sus insignias.

Un asistente del director de bomberos gritó, “¡Personal uniformado! ¡En posición!” y cada uno de los bomberos se puso rígido, como una pieza de maquinaria funcionando sincronizadamente. Lentamente, el coche antiguo de bomberos blanco, solapado en negro, se detuvo entre la pared azul y la basílica de la Inmaculada Concepción.

Dentro del coche de bomberos estaba el cuerpo del teniente Richard Patrick Montoya.

Montoya, de 61 años de edad, fue un veterano del departamento de bomberos de Denver, que murió el domingo a causa de las heridas sufridas ayudando a rescatar a una joven de 16 años de su casa envuelta en llamas en la parte norte de Denver.

El jueves, miles de parientes, amigos, desconocidos y compañeros bomberos dieron a Montoya una despedida de héroe.

“Estamos muy orgullosos de él,” dijo el arzobispo Charles Chaput, quien presidió la misa.

La ceremonia católica fue combinada con la galantería del departamento de bomberos. Había chistes ocasionales y risas dispersas, pero cada acción tenía un orden específico, desde el paso de marcha de la guardia de honor del departamento de bomberos hasta los delicados movimientos de la muñeca de Chaput con la que esparció agua bendita sobre el féretro de Montoya.

Esta era una ceremonia en la cual los dolientes tomaron sus responsabilidades seriamente, como si quisieran estar al nivel de lo que el director del departamento de bomberos, Larry Trujillo, dijo en su elogio.

“Muéstrame la familia de un hombre,” dijo Trujillo, “y yo te diré cosas acerca de ese hombre.”

Casi al final de la misa, Eric Carrasco, el hijo de Montoya, caminó hacia el atril, pasando junto al equipamiento de extinción de fuegos de su padre, el cual estaba organizado como si estuviera listo para la acción – abrigo y casco colgados; botas hacia arriba y calzadas dentro de las piernas del pantalón.

Una fuerza indomable

Carrasco, también un bombero, llevó puesto su uniforme azul.

“Cuando él hacía cualquier cosa, lo hacía con un 100 por ciento de esfuerzo o no lo hacía, punto,” dijo Carrasco. “El no paraba hasta estar completamente satisfecho con el resultado final. Ese es el tipo de padre que era.”

Habían muchas cosas que Montoya no tenía que hacer, agregó Carrasco. A 15 turnos de su jubilación, él no tenía que entrar corriendo a la casa en llamas el 14 de mayo.

Tampoco tenía que criar a Carrasco y a su hermana como sus propios hijos tras haberse casado con su madre cuando eran jóvenes.

El no tenía que ayudar a construir una extensión en la casa de su hija cuando ella se quedó embarazada con su segundo bebé. Y no tenía que levantarse temprano cada mañana para hacer un desayuno de tostadas francesas o panqueques para sus nietos, ni tampoco tenía que estar en casa las tardes cuando ellos llegaban de la escuela.

Pero, claro está, él hizo todas esas cosas.

“Nosotros decimos que nuestro padre es especial y nuestro padre es un héroe,” dijo Carrasco, “porque él es un hermano, es un esposo, y es un abuelo. Pero sobretodo porque es nuestro padre. Te amamos papá y te extrañaremos mucho.”

El jefe Trujillo dijo que él se imaginaba la última semana de Montoya, mientras estaba en el hospital con aparatos para mantenerle con vida, como una discusión con Dios, pues a Montoya le encantaba discutir.

En el séptimo día, Trujillo dijo que se imaginaba que Montoya aceptó irse.

“Rich, ya tienes tu billete,” agregó Trujillo. “Tu arregla las cosas ahí arriba y nosotros arreglaremos las cosas aquí abajo.”

Cuando la misa concluyó, los portadores del féretro llevaron el ataúd de vuelta al coche antiguo blanco de bomberos, el mismo que guió a la procesión hacia el norte pasando por la casa de bomberos de Montoya, la Estación No.9, y luego hacia el sur al Cementerio Nacional de Fort Logan. Los bomberos y espectadores se alinearon nuevamente a lo largo de la Colfax a medida que el coche avanzaba, seguido de más de 150 coches de bomberos y otros vehículos de emergencia provenientes de otros lugares del estado.

“Las manos de Dios”

En la Estación No.9 más de 40 cadetes y oficiales de la policía de Denver estuvieron en posición de atención a medida que la procesión avanzaba. Lo mismo hizo JoAnne Kelly, una camarera jubilada que vive a cuatro cuadras de la estación.

Kelly dijo haber tenido problemas cardíacos algunas veces y los bomberos de la Estación No.9 la calmaban hasta que llegaran los paramédicos.

“Siempre dije y siempre diré que ellos son las manos de Dios,” agregó Nelly.

En Fort Logan, la esposa de Montoya, Louise, agarró las manos de su hija, Mari, mientras los dolientes recitaban el Padre Nuestro. Dos marinos doblaron la bandera que había cubierto el féretro del ex-marine Montoya. Louise empezó a llorar cuando Trujillo abrochó la insignia de Montoya en la esquina de la bandera.

Uno de los portadores liberó a 21 palomas hacia el cielo. Luego le dio la última paloma a Louise.

“Estará ahí, al otro lado para saludarte y te diga bienvenida a casa,’” dijo Tom Lux, el portador.

Louise acarició gentilmente la paloma en sus manos. Luego lo liberó de sus manos y la dejó volar. Al agarrar un pañuelo para secarse las lágrimas, vio como la paloma volaba en círculos alrededor del lugar pero cada vez elevándose más hacia el infinito del cielo azul.

El escritor de plantilla, John Ingold, puede ser contactado al 720-929-0898 ó jingold@denverpost.com

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