
Chavinda, México – Mientras que varias niñas caminan alrededor de la plaza, Alfredo Pedroza llena a tres vasos plásticos con una mezcla de Sprite y tequila, regalándolos a dos amigos y uno para él.
El estudiante de negocios de 18 años en Sonoma State University, cerca de San Francisco tuvo puesto una camisa rayada para acentuar su estilo.
Uno de sus amigos uso pantuflas de Gucci y Dior.
”Están en el mercado,” dijo Pedroza, fijándose a varias muchachas. “Estamos en observación.”
Cualquier otro tiempo del año, los muchachos hubieran sido fuera del lugar, sentándose en una silla en el pueblito pequeño con un órgano Wurlitzer tocando música ranchera.
Pero en una plaza lleno de gorras de Raiders y Ralph Lauren, chicas del valle, y cholos, nadie se fijó.
Es el tiempo de Navidad en Chavinda.
Cada diciembre, se transforma a un espectáculo grandioso
Las familias sacan regalos de sus autos mientras que los SUVs pasean por la plaza tocando música cumbia.
La población de 6,000 tripula, empezando con un festival en el 12 de diciembre y terminándose en enero.
Las abuelas intentan a hablar con sus nietos, quienes hablan solamente ingles. Hay policías adicionales quienes dispersan cualquier pelea.
Pero eso no cubre lo que pasa en la fiesta de un mes, junto con bautismos, bailes, y matrimonios un por medio de 3 al día por un mes.
Costos y beneficios
Es un ritual que cubre los beneficios y los costos a tres generaciones de emigrantes en Cabinda. Cuando regresan al EE.UU., los emigrantes se dispersan por todas partes, dejando a un pueblo de niños y ancianos.
Pero cada año, regresan para incorporarse a esta comunidad que ha durado a pesar de una economía baja.
”Cuando la gente va a los Estados, son pescados fuera del agua. Son buenos trabajadores. Saben ahorrar y gastar. Pero al mismo tiempo, no son totalmente bienvenidos a esta sociedad,” dijo Daniel Lund, un demógrafo y experto de inmigración en la Ciudad de México. “Para aquellos que se han ido, Chavinda significa el hogar. Significa una identidad.”
Total, los 1.2 millones de mexicanos quienes viven y trabajan en los Estados regresaran a casa para celebrar los días navideños, según cifras gubernamentales de México. Es uno de las migraciones más grandes en el mundo, según expertos.
En cierto modo, Chavinda es típico. Para los inmigrantes que permanecen aquí por años, hasta décadas, regresar significa una oportunidad para reconectar con la cultura, familia, y hogar.
Pero el sentido es lejano. Ubicado en el medio de México, Chavinda ha enviado a muchos para el norte mucho más antes de la inmigración masiva de los 90s.
Muchos van para el valle central de California, inclusivo a Illinois, Washington, y Texas. Casi todos son legales, y muchos tienen ciudadanía americana o su matricula.
La tradición de regresar ha durado entre los niños y los nietos nacidos o criados en los Estados Unidos.
”Estamos para festejar, tomar, y comer,” dijo Cecilia Biera, una chica de 23 años con un acento de Califas y anteojos al estilo Audrey Hepburn. “Cuando estas al otro lado, no sales todo el tiempo. Esto es lo que hacemos aquí.”
Muchos de esos viajes son para matrimonios, y las celebraciones que siguen después.
Renovación comunitaria
”Es mucho trabajo,” dijo Jesús Quintero Medina, la cura del pueblo quien dijo que hay tres matrimonios al día, misas de bautismo y misas navideñas. El ya esta cansado cuando llega enero.
Para los residentes, cansándose con alguno de Chavinda reafirma una identidad y tradición que no quisieran perder. Para el pueblito, renovó una comunidad que podia haber muerto lentamente.
”Si se casan con un americano, nunca regresan,” dijo José Padilla, el asistente alcalde de Chavinda quien ha trabajado en California por 30 años antes de volver. “Por eso muchos vienen a casarse aquí.”
Es la noche del sábado y adentro del salón cavernoso, platos con carne de chivo son distribuidos por camareros en negro. El ritmo fuerte de la tuba se oye en el fondo de una banda que ha puesto de pie a los invitados.
En la pista, el novio, Rafael Pedroza, quien trabaja en una maquinaria en Stockton, Califas, ha bailado por tres horas.
Pedroza, de 25 años, conoció su prometido en Chavinda cuando fueron niños.
Nacido en el otro lado, Pedroza volvió aquí con sus padres para ir a la primaria. Cuando regreso como adulto, no fue fácil convencer a Luci Capilla que se case con él.
”Sus padres no me dejaron verla,” él dijo. “Tuve que quitarme mis seis aretes y mis padres tuvieron que llamar a sus padres.”
”Pero valió la pena. Se trata de tradición.”
En muchos casos, dos personas se conocen en un diciembre y regresan para casarse en la próxima.
Una necesidad económica
Oficiales de pueblo dicen que la conexión entre emigrantes es mas de una cohesión comunitaria, es una necesidad económica.
Algunos negociantes hacen la mayoría de sus ganancias en diciembre que el resto del año.
Y durante los meses que trabajan en el otro lado, los emigrantes envían dinero a sus parientes y proyectos para el pueblo.
La aguja de la iglesia será renovada por un programa gubernamental fundado por dinero de los emigrantes.
Todavía, el pueblo que dejan cada enero una sombra de sí mismo.
Y no todos quienes se quedan vean el regreso como cosa buena.
”Nos quitan todas las muchachas,” dijo Fernando Andrade, de 19 años mientras permanecia sentado en la plaza, fijándose a los autos con placas de California y Texas.
”Nos consolamos con el alcohol,” dijo su amigo Luis Miguel Seja, riéndose. “Las muchachas te dicen tengo un futuro con ellos alla, que aquí contigo,’”
Para Rosaura Rojas, un estudiante de prensa en San Francisco State, no es fácil navegar entre los dos mundos de su familia.
Los abuelos de Rojas trabajaron en los Estados Unidos. Sus padres y cinco tios siguieron después, y ahora, todos viven en los Estados Unidos.
Ella dice que regresa a Chavinda para reconectar con su familia dispersada por todo el pais, incluyendo a California, Chicago, y Nueva Orleáns.
”Se que soy chicana en California. Cuando regreso, no soy suficientemente mexicana. Es difícil para esas generaciones quienes dicen que son americanas y mexicanas,” dijo Rojas.
Pero esas dificultades no la detengan.
”Cuando me caso y tengo hijos, quisiera que ellos sepan su historia,” dijo Rojas. “Quiero que ellos sepan donde empezó todo.”
Comuníquese con el escritor Michael Riley al 303-820-1614 o al mriley@denverpost.com.



